De sobra conocido es el rechazo que
Marx y Engels profesaban a la discusión vacua a la que gustaban de
entregarse los académicos y escritores “de izquierda”
contemporáneos suyos. Estos “literatos” y “profesores” se
dedicaban a compilar gruesos tomos de los cuales apenas podía
extraerse algo útil, pero se valían de un lenguaje retorcido y
oscuro para aparentar un conocimiento mayor del que poseían.
Ciertamente eran eruditos enciclopédicos que podían citar mil datos
para apoyar sus enrevesadas teorías, pero su capacidad de análisis
era muy reducida.
Marx y Engels llamaban a sus
procedimientos “filosofía profesoral”,
y les hacían manifiesto su desprecio, pues en vez de allanar el
camino a la ciencia, lo entorpecían. El
caso más famoso es el de Eugen Dühring,
catedrático alemán que llegó a gozar de cierta influencia en los
medios socialistas, lo que obligó a Engels a dirigirle una extensa
contestación en su famoso Anti-
Dühring.
Así
pues, desde el comienzo del marxismo, se ha dibujado una línea
divisora entre los métodos del marxismo y los de otras tendencias
socializantes de la izquierda. Pero de esto, paradójicamente, se
han alimentado desviaciones en el propio marxismo.
Una,
la primera, es
la de considerar que el marxismo es enemigo de toda
intelectualidad, y que, por tanto, todo intelectual, incluso el
marxista (!) es enemigo del marxismo. Esta tendencia dice
guiarse
por
la XI tesis sobre Feuerbach: “Los
filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el
mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.”
Para esta tendencia, la práctica es superior a la teoría en todos
los aspectos.
La
otra desviación considera que el marxismo es ante todo una doctrina
de pensamiento social y que intentar ponerla en práctica es absurdo
pues nunca se podrá trasladar de manera pura a la realidad.
Ambas
tendencias se desvían de las concepciones marxistas, la primera a
la izquierda y la segunda a la derecha.
La
primera desviación olvida lo obvio, que el trabajo del marxista es
también
intelectual, o sea, que ser marxista implica estar al día en lo que
respecta a las ideas, tanto del campo marxista como del campo
burgués, lo que implica estudiar y debatir tanto si no más que los
intelectuales burgueses, y escribir
tanto o más que los intelectuales burgueses, pues la lucha teórica
es otro campo de batalla de la lucha de clases. La teoría no se
puede desligar de la práctica, hacerlo implica caer en redondo en la
división burguesa entre trabajo intelectual y trabajo manual.
Por
otra parte, sólo desarrollar el marxismo como una curiosidad
intelectual conduce efectivamente a transformarlo en una doctrina
escolástica al estilo de la filosofía medieval, que era incapaz de
desarrollarse fuera de los conventos; la teoría tiene que ser
creadora, y para serlo tiene que alimentarse de la lucha de clases y
alimentarla a su vez, tiene
que “contaminarse” de las cuestiones de la calle y del campo para
poder llamarse a sí misma ciencia. El escolasticismo no es propio
del marxismo, la afición a las citas y a las frases ingeniosas es un
legado burgués de ciertos marxistas, su contrario es el desarrollo
del marxismo como productor
de conocimiento.
Estas
desviaciones no podían estar ausentes del marxismo como no lo han
estado en ninguna ciencia viva, pero esto no significa que su
erradicación no sea indispensable para el adecuado desenvolvimiento
del marxismo. Por
ello es indispensable que los marxistas sean capaces de crear
pensamiento original y la única forma de lograrlo es extrayéndolo
de la misma lucha de clases de la que toman partido.