jueves, 30 de mayo de 2013

Marxismo e intelectualidad.



De sobra conocido es el rechazo que Marx y Engels profesaban a la discusión vacua a la que gustaban de entregarse los académicos y escritores “de izquierda” contemporáneos suyos. Estos “literatos” y “profesores” se dedicaban a compilar gruesos tomos de los cuales apenas podía extraerse algo útil, pero se valían de un lenguaje retorcido y oscuro para aparentar un conocimiento mayor del que poseían. Ciertamente eran eruditos enciclopédicos que podían citar mil datos para apoyar sus enrevesadas teorías, pero su capacidad de análisis era muy reducida.

Marx y Engels llamaban a sus procedimientos “filosofía profesoral”, y les hacían manifiesto su desprecio, pues en vez de allanar el camino a la ciencia, lo entorpecían. El caso más famoso es el de Eugen Dühring, catedrático alemán que llegó a gozar de cierta influencia en los medios socialistas, lo que obligó a Engels a dirigirle una extensa contestación en su famoso Anti- Dühring.

Así pues, desde el comienzo del marxismo, se ha dibujado una línea divisora entre los métodos del marxismo y los de otras tendencias socializantes de la izquierda. Pero de esto, paradójicamente, se han alimentado desviaciones en el propio marxismo.

Una, la primera, es la de considerar que el marxismo es enemigo de toda intelectualidad, y que, por tanto, todo intelectual, incluso el marxista (!) es enemigo del marxismo. Esta tendencia dice guiarse por la XI tesis sobre Feuerbach: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.” Para esta tendencia, la práctica es superior a la teoría en todos los aspectos.

La otra desviación considera que el marxismo es ante todo una doctrina de pensamiento social y que intentar ponerla en práctica es absurdo pues nunca se podrá trasladar de manera pura a la realidad.

Ambas tendencias se desvían de las concepciones marxistas, la primera a la izquierda y la segunda a la derecha.

La primera desviación olvida lo obvio, que el trabajo del marxista es también intelectual, o sea, que ser marxista implica estar al día en lo que respecta a las ideas, tanto del campo marxista como del campo burgués, lo que implica estudiar y debatir tanto si no más que los intelectuales burgueses, y escribir tanto o más que los intelectuales burgueses, pues la lucha teórica es otro campo de batalla de la lucha de clases. La teoría no se puede desligar de la práctica, hacerlo implica caer en redondo en la división burguesa entre trabajo intelectual y trabajo manual.

Por otra parte, sólo desarrollar el marxismo como una curiosidad intelectual conduce efectivamente a transformarlo en una doctrina escolástica al estilo de la filosofía medieval, que era incapaz de desarrollarse fuera de los conventos; la teoría tiene que ser creadora, y para serlo tiene que alimentarse de la lucha de clases y alimentarla a su vez, tiene que “contaminarse” de las cuestiones de la calle y del campo para poder llamarse a sí misma ciencia. El escolasticismo no es propio del marxismo, la afición a las citas y a las frases ingeniosas es un legado burgués de ciertos marxistas, su contrario es el desarrollo del marxismo como productor de conocimiento.


Estas desviaciones no podían estar ausentes del marxismo como no lo han estado en ninguna ciencia viva, pero esto no significa que su erradicación no sea indispensable para el adecuado desenvolvimiento del marxismo. Por ello es indispensable que los marxistas sean capaces de crear pensamiento original y la única forma de lograrlo es extrayéndolo de la misma lucha de clases de la que toman partido.

martes, 28 de mayo de 2013

Acerca del “estallido social”



Es frecuente escuchar en los medios de izquierda la mención de la inminencia del “estallido social” provocado por los abusos y la corrupción del Estado. Sin embargo no se dice mucho más acerca de lo que se quiere representar.

Nunca se habla del término explícito de revolución o revuelta, sino de estallido, o sea, como si se tratara de una fuerza de la naturaleza y no del conjunto de actos de rebelión de una clase o grupo social en contra de sus opresores. Esto deja en claro la concepción medrosa de los medios “de izquierda” que buscan solamente condenar de manera moral la opresión sin repudiar el orden explotador. O sea, que creen que la opresión es obra de “malos elementos” del Estado y del gobierno y no el resultado de la manera en que está estructurado ese mismo poder.

Obrando así, los medios “defensores del pueblo” oscurecen, a veces sin querer, la formación de una verdadera concepción de las tareas revolucionarias de los trabajadores, pues estos llegan a creer que la condena moral basta para acabar con los abusos y la explotación, y con cada desengaño, en vez de renunciar a esta concepción infantil, más bien se despolitizan y acaban por renunciar a toda lucha, dejando el terreno libre a las tendencias reaccionarias.

La concepción del “estallido social” sirve a la reacción y no sólo debe ser abandonada sino combatida como una concepción burguesa altamente nociva para la politización y educación de las masas trabajadoras.





sábado, 3 de marzo de 2012

MORENA en la encrucijada.

El Movimiento Regeneración Nacional, convocado por Andrés Manuel López Obrador, se encuentra en una circunstancia singular que, sin embargo, era previsible dados los fundamentos sobre los que descansó desde el principio.

Conforme se aproxima el proceso electoral federal se han hecho presentes tendencias a una creciente burocratización y a una centralización de decisiones que poco tiene de democrática. Esto se ha traducido en la aparición de una oleada de candidaturas impresentables integradas por ex priístas de lealtad más que dudosa, como es el caso de Manuel Bartlett en Puebla. MORENA está en peligro de seguir los pasos del PRD, y la responsabilidad será múltiple.

La prisa por ganar votos y sostener el ímpetu del movimiento está llevando a decisiones desastrosas que sólo pueden justificarse con la vieja consigna de que hay que ganar primero la elección federal y luego arreglar todo lo que se tenga que arreglar. Pero ante lo que ocurre esto no es más que un garlito que mal encubre una deriva burocrática ante la incapacidad manifiesta de los cuadros de MORENA para hacer política democrática.

La verticalidad del MORENA y su rechazo a la teoría son dos lastres de origen que representan la desconfianza de los dirigentes hacia sus propias bases, cuando la verdadera desconfianza debería dirigirse hacia los ex priístas y burócratas infiltrados. Ambas tendencias a la verticalidad y a la burocratización constituyen otros tantos avances de la derecha en el seno del movimiento popular, y no meramente en sentido figurado, pues acaba por implicar el remplazo de los cuadros verdaderamente de izquierda por personeros de los partidos de derecha o por cuadros de la alta burocracia, cuyo ejemplo más acabado es la camarilla de Camacho y Ebrard, cuyos agentes tienen ahora las principales posiciones en el DF y han entrado en la campaña de AMLO, lo que sólo puede deparar una infiltración aún más acentuada en los meses por venir.

Esto demuestra a las claras que el mero rechazo a la política partidaria tal y como se hace en los partidos de izquierda no conduce automáticamente a hacer algo mejor en una organización ciudadana, pues la cuestión se refiere a cómo se combina la experiencia, los métodos y la teoría. Imbuir todo esto en el MORENA es la tarea de las verdaderas fuerzas populares de izquierda y particularmente de los marxistas, quienes precisamente no deben albergar consideraciones hacia los errores de los cuadros de MORENA y menos aún de frente a las bases de MORENA.

Ninguna consideración táctica priva a los marxistas de realizar una labor política contraria a los intereses de las burocracias del PRD y sus corrientes y del MORENA; la caracterización del MORENA como el movimiento más avanzado no puede significar una sanción de su carácter vertical y crecientemente burocratizado.